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El infierno llega a Frau Holle

lunes, 20 de enero de 2014.

Noche. La noche me abraza con un velo de oscuridad y niebla. Siento que soy parte de esa oscuridad a través de la que me deslizo, oculta en las tinieblas, mientras avanzo envuelta en mi capa violeta a través de aquél sendero del bosque. Aves nocturnas aportan a la silente y fría nocturnidad su musical cántico nocturno, una nana de niebla tenebre y sólida que le canta a la noche en una melopea letánica, casi siniestra. No hay nadie más que yo en aquella brumosa senda que recorro despacio, tan despacio como avanza la niebla

A través de los altos sáucos, puedo ver los tejados de Frau Holle. Aquél hospicio se aparece a través de la niebla, como lo que de verdad es: hogar de nadie, reducto de los que lloran porque no tienen nombre porque ninguna madre se lo dio. Escucho la noche. Aves. Viento. Niebla. Vacío.

Llego a la parte trasera del orfanato. Una puerta de madera, tan pobre como el resto del edificio, es lo único que me impide entrar. Un simple Alohomora abre la puerta y entro al interior del convento, unas cocinas que aún huelen a la lumbre que debió estar encendida hasta hace poco, pero en Frau Holle, hasta la leña es un bien preciado y no debe desaprovecharse. Camino sigilosa por las cocinas y salgo a un pasillo. Lo recorro en busca de las escaleras, las cuales encuentro poco después, y subo despacio, para que los escalones de madera, no cedan bajo mis pies. En la planta superior, el olor a humedad es aún más intenso. No me muevo. Solo escucho el silencio tan vívido que hasta puedo oírlo. Camino hasta una de las puertas, y muy despacio, la abro. Dentro, varias camas dispuestas en hileras, albergan a las religiosas que en un dormitorio común, duermen tras haber cuidado de los huérfanos con lo poco que tienen para darles

Cierro la puerta, tan despacio como la he abierto. La madre superiora del convento nunca duerme con el resto de las hermanas. Al fondo hay otra puerta. Entro sigilosa, tanto que hasta yo me sorprendo de mi levedad. Una sola cama, angosta, en una habitación con más aspecto de celda que de otra cosa, me deja ver a una anciana mujer, con la cofia ceñida a la cabeza, anudada bajo la barbilla. Una sonrisa macabra se aventura a surcar mi rostro. Me lo ha puesto fácil. Antes de matarla... Ya lleva puesta la mortaja

Cierro la puerta detrás de mí. Avanzo hacia la angosta cama en la que la monja duerme, con la barbilla caída, los resecos labios dejando escapar ronquidos rítmicos. Varita en mano, apunto a su pecho mientras la cojo del camisón con la mano izquierda, tirando de ella La monja abre la boca de forma cómica y su gesto de terror me arranca una sonrisa. Es flaca y frágil, y yo la levanto casi sin esfuerzo. Sus artítricas manos arañan el aire 

   -¡Socorro! -Dice, antes ni siquiera de verme. 
   
   -Cállate, vieja -Digo, poniéndote la varita en el cuello con fuerza. La idea de saberte muggle e indefensa, me hace más feliz aún. Ni siquiera sabe que le estoy apuntando con algo poderoso, y en cambio se retuerce de terror creyendo que se trata de un palo-. Si te portas bien, no seré mala contigo, vieja... 

Murmuro, y me  siento al borde de la cama. La vieja respira como si no supiera respirar. Gime como si tuviera miedo. Tiene miedo. Olfateo el aire. Juraría que la monja se ha orinado, o es que huele a orín rancio

   -¿Te vas a portar bien? -Le digo. 

La monja une sus manos cerca de su pecho

   -Por favor... No le haga daño a los niños... 

Un chistido siseante sale de mis labios, entre mis dientes:

   -Dime quien trajo aquí a  Liesel Lehner, y me iré de aquí tan inesperadamente como he venido... Pero... -Levanto la mano, con el dedo índice alzado- Solo si eres buena, ¿eh? -sonrío.

La monja asiente con la cabeza, muy nerviosa:

   -Liesel Lehner... La recuerdo... Era como una madre para todos nuestros huérfanos. Cuidaba de todos los niños... Era un ángel para nosotros... -titubea. Traga con fuerza y prosigue-. El año pasado su nuevo tutor decidió no traerla de vuelta cuando saliera del internado en el que estudia durante la época estival y... 

Tiro con fuerza de su camisón, y la anciana emite un quejido de dolor: 

   -A mí eso no me interesa, vieja. ¿Cuándo la trajeron y quién? 

La vieja asiente, con las manos extendidas hacia mí

   -Llegó siendo un bebé... La trajo un hombre... Un hombre de cabello rojo, no era de por aquí... Se llamaba Dieter...

Un hombre, de cabello rojo, Dieter... Aquellos datos me resultan insuficientes

   -¿Y qué quieres que haga, vieja? ¿Que vaya por toda Alemania buscando a pelirrojos que se llamen Dieter? -Vuelvo a tirar de su camisón. La vieja gime de dolor, por la fuerte sacudida en sus frágiles huesos-. ¿Cómo se apedillaba? -mascullo. 

La vieja tiembla. Algunas lágrimas patéticas la recorren el rostro cortado de arrugas:

   -A la niña la dejó con un pañuelo... Un pañuelo bordado en el que ponía Liesel Lehner... No sé más... No se más se lo juro... ¡Lo juro! 

Implora. Suplica. La suelto con brusquedad y la vieja cae sobre la cama, mientras yo me levanto. Chasqueo la lengua y digo:

   -Pues no has sido tan buena como me hubiera gustado... Has chillado mucho, vieja -Apunto con mi varita-. ¡Avada Kedavra!

Sus gritos se silencian tan pronto que la rapidez con la que llega la muerte, me resulta fascinante. Un segundo y todo termina. Los gritos se silencian, el corazón se para, pero la noche continúa. La puerta se abre a mis espaldas. Oigo una voz suave, que entra a la estancia junto a la luz de una vela temblorosa:

  -¿Ordensschwester? *

Me vuelvo. Una monja de mediana edad aparece en el umbral Su sombra se proyecta en el suelo, y cuando me ve, su cara se descompone en terror. Después ve a la madre superiora, con la muerte apostada en el grotesco gesto con el que la muerte la sorprendió. Retrocede un paso y su rostro se desfigura en un grito que no llega a dar 

   -¡Avada Kedavra!

La vela de la monja cae de su mano antes de que ella se desplome en el pasillo. Ahora es solo un patético bulto en el suelo, algo vacío e inerte, con los ojos abiertos de par en par, pero que ya no miran hacia ninguna parte. Salgo de la celda pasando por encima del cadáver de la monja. Trago saliva. Dos muertes... Dos muertes en el orfanato que es propiedad de mi señor, sin contar con su consentimiento. De enterarse, acabaría averiguando que he sido yo. Miro la vela en el suelo. Aún sujeta en su palmatoria, ha rodado hasta dar contra la pared. Con mi varita, hago levitar la vela y la llevo hasta la ventana, junto al borde de la cortina. Aprovecho que está ahí para que una llamarada de fuego abandone mi varita y prenda la cortina con rapidez. El fuego prende deprisa en aquella celda. Las llamas lo lamen todo en cuestión de minutos. Madera vieja... Es todo lo que necesita una chispa para que se convierta en un incendio. Frau Holle se reducirá a cenizas... Los huérfanos morirán abrasados. Y mi señor nunca sabrá que estuve ahí. Un incendido en un orfanato viejo, ¿Hay algo más sencillo que eso? Bajo las escaleras aprisa mientras un humo negro empieza a fluir por doquier... Huyo de allí antes de que el fuego se apodere de aquél orfanato y me atrape entre sus llamas


*Hermana
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La hija del auror

viernes, 17 de enero de 2014.
La Sede de los Desmemorizadores, en el Tercer Piso del Ministerio de Magia, está tan atestado como siempre. Los Memorándum vuelan de un  lado a otro, llevando consigo los avisos a los desmemorizadores. Miro hacia la mesa que siempre suele ocupar Liam, mi marido. Ya que él  también forma parte del Escuadrón de Reversión de Magia Accidental, ha tenido que salir a modificar la memoria de un muggle al que un niño mago embrujó accidentalmente Miro la hora en el reloj. Aún me quedan alunas horas para cubrir el turno de hoy. Me levanto del asiento. Con el cabello recogido en ondas y un traje de chaqueta de color azul tinta, soy la viva imagen de la elegancia y de la perfección. Recorro las hileras de mesas, para salir de la oficina, y me dirijo hacia el ascensor, dispuesta a bajar al Atrio, donde hay máquina de café "decente", dentro de lo que cabe.

Pulso el botón del ascensor, y cuando este llega, me meto dentro. Afortunadamente, está vacío.

Poco después, el ascensor baja y las puertas se abren y alguien entra.

   -Buenas tardes -dice al entrar.


Axel Hoffman. El entrometido auror, hombre de confianza del Jefe del Cuartel General de Aurores, segundo al mando de este, entrometido donde los haya, audaz, y para colmo, padre de la chiquilla que ha causado los desvelos de mi hijo en un sentido  y los míos, en otro muy distinto, entra al ascensor. Aprieto la mandíbula tratando de responder a su sonrisa, ésa tan  cautivadora y amable

   -Buenas tardes, señor Hoffman -Le digo. No es extraño que sepa su nombre. En el Ministerio de Magia todo el mundo sabe quien es.

Sonríe a mi saludo mientras entra al ascensor. Mientras este cierra sus puertas, hojea los papeles que lleva en la mano. Le observo cuando no me ve, aprovechando la coyuntura para soltar todo el veneno que albergo hacia él dentro de mí por mi mirada. Pero en ése momento, una idea mucho mejor que mirarle mal cuando no me vea hacerlo, se me viene a la cabeza 

   -¿Mucho trabajo en el Cuartel? -pregunto. El trabajo siempre es una buena excusa para entablar conversación,y eso es lo que pretendo.

Asiente con la cabeza, volviéndose a mí

   -Desde luego... -sería una descortesía por su parte no hacer la misma pregunta, pero desconoce mi departamento- ¿Y en su Departamento?

   -En la Sede de Desmemorizadores siempre hay trabajo, señor Hoffman. Los magos cometemos muchos errores. A veces los más nimios son los que traen peores consecuencias.

   -Estoy de acuerdo con usted -vuelve a sonreír- Por cierto... Su rostro me es muy familiar, no sé si será por haberla visto por aquí o... ¿La conozco? -pregunta.

Sonrío de medio lado, mientras el ascensor se detiene y su voz monótona nos anuncia que ya estamos en el Atrio 

   -Seguramente le recordaré a mi hija, Vera. Creo que se lleva muy bien con ella -sonrío.

Abre mucho los ojos, por la inesperada sorpresa

   -Vaya... ¡Qué sorpresa! -extiendo la mano- ¡Es un placer conocerla, señora Lynch!

  -El gusto es mío... -Le doy la mano, mientras pienso para mis adentros en lo mucho que le detesto-. Supongo que mi hija le habrá hablado ya de mí... -río con cierta ironía-. Espero que bien

  -¿Cómo iba a hablar Vera mal de usted? Tiene usted unos hijos encantadores -señala el exterior del ascensor, para que yo pase delante de él- Por favor... -me dice con tono cortés.

Salgo del ascensor, seguida por él. El atrío está, como siempre, está bastante lleno. Me detengo porque no sé que camino  va a tomar

   -Si, lo son. Estoy tan orgullosa de mis hijos que solo quiero lo mejor para ellos... -me pongo una mano sobre el pecho.


 -Normal. Todos deseamos lo mejor para nuestros hijos... -dice en tono sincero- Iba a llevar esto a la lechucería, pero  puede esperar, ¿qué tal si le invito a un café?

Asiento sonriendo:

   -Precisamente iba a ir a sacar un café de la máquina...

  -Oh, ¿de ésa máquina en la que sale algo a lo que llaman café? Eso es horroroso. Por favor, acompáñeme, tomaremos un café en la cafetería... Yo invito -se pone los papeles bajo el brazo.

Asiento con la cabeza. La cafetería del Ministerio tampoco es gran cosa, pero mejor que esa máquina. Y mejor será tener a Hoffman como acompañante

   -Si, es cierto... -Sonrío. Retomo la conversación en el punto en que quedó-. ¿Tiene usted hijos también?

Caminamos por el atrío, en dirección a la cafetería

   -Bueno, no exactamente, pero como si así fuera, sí... -sonríe, y al llegar a la cafetería, abre la puerta de cristal y me deja paso- Las damas primero, señora Lynch...

"No exactamente..." Pienso, mientras entro. No hay apenas magos en la cafetería. Voy hacia una de las pequeñas mesas redondas

   -¿Cómo que no exactamente? Oh... -sacudo la mano, mientras me siento-. Perdone mi indiscreción...

   -No, no... No se preocupe -se sienta frente a mí, dejando los papeles sobre la mesa, y acercando la silla a esta- No es ninguna indiscreción... Liesel es mi pupila. La tengo tutelada.

   -Oh... -murmuro, con gesto neutro-. ¿Es familiar suyo, entonces?

  -De mi mujer, más bien... -el camarero se acerca y nos pregunta que queremos tomar-. Yo tomaré un capuccino, con mucha crema, y la señora... -me señala, esperando a que haga su petición 

"De mi mujer, más bien..." Aquellas palabras se repiten lentamente en mi cabeza, componiendo un rosario, una plegaria silenciosa. Todo el mundo sabe que la mujer de Axel Hoffman, era una escoria muggle. Miro al camarero 

   -Un café americano,doble... -digo en tono frío, y luego hago retornar mi sonrisa cuando el camarero se va-. Vaya... Y supongo que entonces ella  será huérfana...

   -Si... Bueno, es una larga historia. Hans, el primo de mi difunta esposa, la tenía tutelada. Pero ella vivía en un orfanato.Cuando Hans falleció, me legó en testamento a su pupila, y yo decidí que, cuando saliera de Hogwarts, viviera conmigo en lugar de vivir en Frau Holle...

Me tenso en el asiento. Frau Holle... El famoso orfanato a las afueras de Hamburgo, cerca de la aldea de Anderen, entre los Saúcos que le dan nombre. El orfanato del que es benefactor mi señor... Intento permanecer impertérrita ante la sorpresa. Ése maldito orfanato lleno de escoria muggle... Aprieto la mandíbula

   -Hizo usted sin duda una obra de caridad. Ningún orfanato es un buen lugar para un niño...

   -Eso he intentado... Al principio Liesel no quería venirse a vivir conmigo. Pero ahora está feliz, aunque eche de menos a  los niños con los que ha crecido... -el camarero llega y trae nuestros cafés.

Cojo el café americano que he pedido. Le añado un terrón de azúcar, lo remuevo y bebo un sorbo, mientras observo a Hoffman  hacer lo mismo que yo. Frau Holle se repite en mi cabeza constantemente:

   -Es normal que fuera difícil para la chiquilla. Vuelvo a dejar el café sobre la mesa-. ¿Qué edad tiene?

   -Diecisiete -responde, con una orgullosa sonrisa paternal- Y es... Es una muchacha extraordinaria -bebe un sorbo de su capuccino- Ha llenado mi vida de luz...

Sonrío

   -Entiendo... -Dentro de mí, pienso en lo que me encantará apagar su luz, y volver a dejarle a oscuras-. Los hijos son lo más importante que tenemos...

   -Lo he comprobado... La vida no quiso darme hijos, pero me ha premiado ahora, cuando ya no pensaba que podría conocer lo que se sentía al ser padre que se sentía al ser padre

   -Nunca es tarde -sonrío. Bebo lo que me queda de café. La conversación me ha llevado donde quería. Ahora sé de donde viene Liesel. Solo me queda saber quien la dejó ahí... Y cuál es su sangre. Estar con ese auror solo me pondrá ganas de vomitar-. Señor Hoffman, ha sido un placer... Pero debo irme. Aún tengo que trabajar...

Se levanta de la silla al mismo tiempo que yo

   -El placer ha sido mío. Me ha encantado conocerla, ya que quiero mucho a sus hijos...

   -Me consta... -Digo, y extiendo la mano para estrechar la suya-. Espero volver a verle... -Me alejo de la mesa-. Por cierto,  recuerdos a Liesel... Dígale que me encantará conocerla...

   -Se lo diré -me despide con un movimiento de la mano, antes de volver a sentarse a terminar su capuccino

Despido al auror con una fría sonrisa y abandono la cafetería. Taconeo por el atrío, mientras me dirijo al ascensor, sintiendo que la mandíbula me duele de lo mucho que lo aprieto. Frau Holle... Una miserable hija de Frau Holle... Una miserable hija de nadie, una miserable niña sin nombre. Aprieto la mano tanto que se me clavan las uñas en la carne, y  entro al ascensor cuando este llega. Una vez dentro, murmuro entre dientes* Bien, Liesel Lehner. Yo te daré la madre que nunca has tenido: la muerte.
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